Manuales para vivir.

Una vez escuche que alguien decía que todo sería más fácil si hubiera instrucciones a seguir en esta vida. Dijo que todo sería más aburrido también. Y entonces pensé en vos.

Horacio observaba como se observa cuando se duda: un poco intrigado, un poco asustado, un poco ansioso. Ante él se veía un edificio alto e indudablemente viejo, una  puerta de madera y sobre ella un cartel: ¿A vivir?
Se adentró en la construcción y se vio envuelto en estantes, secciones y libros. Un mostrador se ubicaba en el centro del salón, tras él una mujer. Parece estar en sus treinta años y escribe (vaya a saber uno qué) apresuradamente en un cuaderno. Horacio está por preguntar por la “Sección de Arrepentidos” cuando por el pasillo se abre paso otra mujer. Lleva un vestido floreado y camina velozmente.

-          - Vengo a devolver este libro. – dice mientras busca en su cartera.
-          - Lucía. – saluda como quien esperaba esta visita. -  ¿Fue útil? – pregunta levantando su mirada del cuaderno y mostrando unos enormes ojos castaños.
-         - Todavía no lo puse en práctica. Peeero ya sé cómo hacer para que esa secretaria se aleje de mi marido ¡Si hubiera sabido que con cuatro pasos me libraba de ella! – se ríe emocionada y mira a los costados. Decide que Horacio no es tan importante y cuenta en tono confidente. – En primer lugar, lo que hay que hacer es… - pero ni Horacio, ni la empleada, ni vos ni yo logramos enterarnos porque unos sollozos interrumpen inesperadamente.

Los tres miran a su alrededor, buscando al autor de estos lamentos. A solo unos estantes de ellos se encuentra un hombre viejo. Panza importante, pelado y con un bigote interesante. Llora como lloran los niños: con mucha fuerza y sin importar quien mira. Observa desconsoladamente el libro que tiene en sus manos: 6 Pasos para superar la Muerte.
La empleada baja con tranquilidad de su asiento, se acerca al hombre y lee el título de su Manual. Muy acostumbrada a este tipo de situaciones y experta en “Manual para heridos de muerte”, saca un pañuelo de su bolsillo y se lo entrega.

-         -  Me parece que usted todavía no está listo para este libro. – le dice tomándolo suavemente de sus manos. – Debería ir a caminar y volver en un rato, le voy a recomendar algo más.
-          - ¿Usted cree que tengo una solución? – pregunta esperanzado.
-          - ¡Soluciones hay en todo este salón! No sabe la cantidad de veces que vine y se resolvieron mis problemas. – interviene la joven floreada que lee interesadamente los títulos de la Sección de Artículos Domésticos.
-         -  ¡Pero si esto no es un simple problema! Es la muerte en vida. ¡Como quisiera irme allá con ella para…
-         -  ¡Para eso también hay solución! – interrumpe emocionadamente Lucía. – En la Sección de Muertes están los Manuales del Suicida. Muy interesantes de verdad.
-         -  Lucía ¿Necesita algo más? – pregunta la empleada.
-          - Me voy a llevar este Manual de Escaleras. – dice guardando un libro en su bolso. - ¡Hace días que la escalera de mi vecino está abierta en su patio, habría que ayudarlo!

El hombre ha dejado de llorar. No porque se sienta consolado, sino porque se ha visto interrumpido y extrañado. Decide salir a caminar como la empleada le ofreció y sale tras Lucía. Horacio lo ve caminar detrás de ella, fascinado por esta criatura que de manuales es adicta. La empleada tose y mira a Horacio, quien nervioso se peina su barba.

-         -  ¿Necesita algo?
-          - Si… Estaba buscando la Sección de Arrepentidos.
-          - ¡Ah, la más buscada después de la de los Enamorados! – contesta con una sonrisa. – Siga por el pasillo de su izquierda, va a pasar la Sección del Popular, la de Transportes y cuando llegue a la del Perdón doble a su derecha. Su sección debería estar entre la de Enamorados II e Hijos Inesperados. – indica rápidamente.

Horacio camina intrigado por esos pasillos hasta que llega a su Sección. Frente a él se ve un estante completamente lleno de libros con títulos distintos: Arreglar un error, Arrepentido de vos, Arrepentido de pedir perdón, Arrepentido de dar oportunidades, Arrepentido de mi trabajo… Y por mucho que busca, por más títulos que lee, no encuentra el libro que quiere.

-          - ¿Arrepentido de qué? – pregunta una voz detrás de él.
-          - De no animarme. – responde dándose vuelta. Se encuentra entonces con un niño que sentado en el piso lee entretenidamente.
-          -  Pero acá no va a encontrar eso. – dice sin levantar la vista de su libro.
-           - ¿Y porque?
-          - Porque hicieron muy pocos y después decidieron quemarlos. – explica pasando las hojas distraídamente. - ¿Sabía que para lograr que un perro actué como uno quiere se necesita simplemente de un mes de buen entrenamiento?
-         -  No, no lo sabía. – comenta Horacio bastante frustrado.
-          - Yo tampoco. – dice el niño, que ahora levanta la mirada y mira atentamente a este hombre  barbudo y ansioso. – En fin, hay una razón para quemar esos libros.
-         -  ¿Y cuál es? – pregunta desganado.
-          - Bueno… Los autores consideraron que si alguien estaba tan interesado en animarse a hacer algo lo más lógico es que se anime sin manual. Es decir, que se lance a la vida sin instrucciones sin posibles desenlaces.


No sé si Horacio pensó que el niño le tomaba el pelo y siguió buscando su libro, no sé si le creyó y salió de allí dispuesto a animarse a lo que sea. Es que en ese momento me acorde de vos, que no tenes manuales, que no andas pidiendo consejos, ni te servís de tutoriales de Internet y tuve que salir corriendo. No porque lo manuales no fueran útiles, ni porque la oficina no fuera entretenida, sino porque de repente decidí que mejor nos animemos juntos. Y si me animo yo con vos y vos conmigo y los dos con alguien más, por ahí nos lanzamos todos juntos a jugar.

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