Consuelo.
Hay cosas que amo: el olor a tierra mojada, el chocolate
antes de dormir, jugar con plastilina, pintar enormes lienzos, hacer
rompecabezas, apostar jugando cartas, los abrazos de Lou y bailar con María.
También amo los domingos.
Domingos de asados, de helado y mates, de amigos y familias
que van y vienen. Como hoy. Muchos sentados en sillones blancos sobre el pasto.
Francisco hablando de fotografía a todo aquel que amague acercarse, mientras
Marina y Rosario comentan de los últimos descuentos y Federico dialoga (o discute)
políticamente con Magali. Las otras mujeres limpiando los platos, los otros
hombres viendo futbol. Los ancianos jugando cartas y los niños corriendo porque
siempre están corriendo.
A primera vista, todo está bien.
Consuelo se me acerca, como siempre, y empieza a retarme
como sólo ella sabe. “Vos no entendes nunca nada y a veces cansa explicarlo
todo” me dice con esa voz suave y segura. “Igual, un poco más que los demás
entendes.” Consuelo cree que yo vivo en las nuves, con v corta. Y piensa que
hacerme tantas preguntas a mí mismo todo el tiempo me va a hacer mal. Dice que
no tengo que pensar tanto en el “porqué de todo” o en los “que hubiera pasado
si” porque ¿Para qué? Eso me pregunto una vez “¿Luisito para que pensas tanto en todo eso?” Me sentí perdido, no tenía la
más mínima idea. Consuelo también dice que si fuera con ella y los chicos me
aburriría, porque no entendería nada. Como siempre. Pero verlos me produce… No
sé, melancolía tal vez.
Entonces, este domingo, busco el calor del sol y veo a Consuelo
sentada a mi lado. Tiene un vestido floreado y una media cola muy graciosa que
deja al descubierto la sonrisa más picara del mundo. Juega con la punta de sus
dedos y se prepara para explicarme algo nuevo. Al parecer Lou y Luciano le contaron
de una pelea entre la desordenada Marina y la estirada Rosario, Consuelo dice que
en realidad está todo mal pero se mienten que están bien. Dice que Francisco está
en quiebra y que hace meses no saca ni fotos de misa, ni de casamientos, ni de
hormigas, por eso Graciela ya no vive con él.
Consuelo se levanta de la silla, y empieza a caminar en
círculos contándome que Federico nunca supo un pomo de política y Josefina dice
que se informa antes de cada asado para que la familia no lo odie. Se sienta en
el pasto y lo corta en trocitos mientras dice que Magali no es feliz y toma
muchas pastillas.
-
Pero parece que está todo bien. - le digo
mirando el panorama que ella deshizo a su antojo.
-
Parece. El problema es que los grandes mienten
mucho aunque nos digan que no lo tenemos que hacer. – ahora esta triste.
Desilusionada tal vez.
-
¡Consuelo deja de hablar tanto y veni a limpiar
este desastre!
-
¡Ya voy mami! – se levanta del suelo se sacude
el vestido y corre con sus primos hacía adentro: todos sus juguetes desparramados
por el piso. Magali los reta, les pide perdón, toma un respiro y sale a fumar.
Sigo mirando el jardín. De repente esas caras me duelen un
poco. Tras unos minutos de tranquilidad los siete años vuelven corriendo con
toda la manada. Juegan al “¿Lobo esta?” hasta que Martín pierde y, como suele
hacer, se larga a llorar. Su hermana lo reta por mal perdedor. Josefina encaprichada quiere seguir jugando
pero Lou y Luciano se niegan a continuar sin Martín. Consuelo se enoja porque
Luciano ni la mira, se harta de “esos chiquilines” y vuelve a sentarse conmigo.
-
Capaz que vos podes hacer algo. – me dice de
repente. – Yo mucho no puedo hacer, porque soy más chica, pero vos estas tan
arrugado.
No puedo evitar soltar una carcajada, de la que Consuelo se
contagia inmediatamente. Nadie interrumpe sus conversaciones, pero la miran
raro. Rosario se aleja bruscamente de Marina, los niños nos observan y revolean
sus ojos.
-
No Chu, no puedo hacer mucho yo. Pero gracias
por mantenerme al tanto.
-
Estan mal porque no se dejan hacer nada – me
dice convencida. – Todo es “no”. No se dejan viajar, ni reírse mucho en la
calle, no se dan permiso para llorar fuerte o pegarle a sus hermanos, no se
dejan jugar porque sí, ni se miran, ni se piden perdón.
-
A veces tenes razón.
-
Igual no te preocupes. - Tal vez mi cara refleja
mucho miedo. – María dice que va a estar todo bien.
-
Ojalá.
-
No empeces Luisito con tu negativicion.
-
Negatividad. – la corrijo.
-
Bueno, eso. No entendes nada. Sólo están
asustados pero ya se les va a pasar. – me quiere explicar todo de forma
optimista, como es ella. De repente adopta
ese tono de voz con el que le habla a Martincito y me mira como si yo fuera un
nene de tres años.– Mira. La primera vez que anduve en una bicicleta me caí, y
la segunda también, y la tercera no me acuerdo pero seguro que sí. Igual yo me
había olvidado de eso, me lo contó mi mama. Me caí muchas veces de la bici y
acá todos se cayeron también cuando estaban aprendiendo. Y ahora no todos se
acuerdan, si no que festejan lo lindo de poder andar cuando quieran. Eso están
haciendo todos los grandes Luisito, están andando en bici y como tienen un poco
de miedo se pusieron muchas reglas “frenar acá, acelerar acá, pasar por el
banco a tal hora, ir a estudiar a tal otra, ahorrar hoy”. Y algún día van a ser
los mejores choferes de bicis porque van a festejar lo lindo de poder pedalear
y se van a dar permiso para todos los “no” de antes.
Nos quedamos callados unos
segundos, hasta que Consuelo no resiste y empieza a tararear una canción. Francisco
está tocando la guitarra, Magali se le acerca con Marina y Rosario que vienen
abrazadas a María, Federico trae alzando a Josefina y de repente es un
concierto. Una voz a la vez se une al coro, persona por persona se agranda la
ronda. Se van acercando los miedos, las angustias, las inseguridades, los
problemas, las peleas, las heridas, y se van alejando sonrisa a sonrisa.
Ya estoy un poco lejos, pero
puedo escucharlos cantar y reír.
-
¿Y Consu, lo vimos al abuelo hoy? – pregunta
María.
-
Si abu.
-
¿Cómo está? – Consuelo me mira, le guiño un ojo.
-
Feliz y te extraña.
-
¿Feliz? ¿Él que vive preocupado? – dice María
con una sonrisa.
-
Si abu, Luisito dice que en el cielo le contaron
que todo va a estar bien.
Hay cosas que extraño: el olor a tierra mojada, el chocolate
antes de dormir, jugar con plastilina, pintar enormes lienzos, hacer
rompecabezas, apostar jugando cartas, los abrazos de Lou y bailar con María.
También extraño andar en bicicleta, caerme, levantarme, esa cosa loca de subir
hasta algún punto alto con la respiración agitada y bajar a toda velocidad, con
el viento en la cara y los pulmones llenos de aire hasta llegar a la casa de
ese domingo para inundarme de risas.

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