Colectivos.
El pronóstico pronosticó frio, pero cuando saliste era todo calor y
lluvia.
Corriste a la parada del colectivo sin paraguas. “Los paraguas solo se
usan si llueve con frio” creías. En la parada no había nadie. Dejabas que la
lluvia te moje y te reías, porque se sentía inesperado y te encanta cuando la naturaleza nos descoloca.
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Te subiste al colectivo saludando, como de costumbre, y todos
respondieron. Te sentaste al lado de esa señora que siempre se sonroja, Rosa,
que venía de la casa de una sobrina, que esta de tres meses de embarazo, que
tal vez sea nena, o mellizos, que no importa y el amor no le va a faltar.
La chica que siempre usa celeste hablaba con el chico de anteojos y te
regalaban una sonrisa de felicitación por aprobar esa materia que tanto costó.
Tres
paradas más tarde, se subió el Rasta y se acercó a ustedes. Portaba cara triste
y entonces hablaron. Que su hermano y la droga, que su vieja lo echo de casa,
que está harto de trabajar en el kiosco, que “todo pasa Rasta”.
El señor de trabajos, Slaaf, hacía magia para mantenerse en pie. Tenía
la espalda curvada, aroma a cigarros y cargaba un maletín de miles de kilos.
Rosa lo alentó, lo felicitó, le sonrío y se bajó del colectivo.
La chica de los collares subió tratando de volverse chiquita e
invisible, pero vos notaste sus ojos hinchados, le ofreciste tu lugar, mientras
lloraba en silencio. Slaaf le regaló un pañuelo, el Rasta una flor, el chofer
bajó la música para que puedan escucharse.
Se bajó cada cual en
la parada de siempre, tu viaje era de los más largos. Te hiciste a un lado,
para hacerles lugar a Hansel y Gretel y sus mochilas que los superan en tamaño.
Les preguntaste que van a hacer en el colegio y cuentan que tienen jardinería,
que van a jugar con la tierra y que van a pintar las paredes. Estabas a punto
de preguntar si vos también podes participar cuando se subió esa pareja de músicos
que van regalando sonidos por las calles. Les enseñan sin cansancio hasta que
todos se saben la canción y no importa la afinación.
Más que un colectivo parecía
un grupo de apoyo.
Más que un grupo de
apoyo, gente que no se tiene miedo.
Al otro día nosotros corrimos a
la parada. Llovía pero no somos como vos, usamos paraguas. Cuando llegó el
colectivo saludamos al chofer, no nos animamos a más. Estaban todos, los del
mismo recorrido de todos los días, los del mismo silencio.
Quisimos hablar pero parecían demasiado
concentrados en sus celulares, sus fotocopias, sus problemas, sus
pensamientos, sus auriculares. Así que no hicimos nada. Además ¿Para qué?
Parecen asientos vacíos. Un mundo de asientos vacíos.
Y vamos a trabajar, a estudiar, a pasear, a hablar, y aunque nos vemos todos
los días no sabemos con quién nos vemos, ni hablamos, ni que sienten o que sueñan. No nos
importa. Somos gente triste, quejosa,
alegre, comprometida, irritante, trabajadora, divertida, simplemente gente que
se niega a aceptar que la vida es un colectivo. Y los colectivos son públicos. No hay más opciones que convivir, y si ya convivimos, ¿Por qué no disfrutar(nos)?
¿Será vergüenza? ¿O costumbre?
¿O ceguedad?
Capaz que
todos tenemos miedo. ¿Y de qué?

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