De monos a cajas.
Eran las dos de la mañana y no podía parar de dar vueltas en la cama.
Sabía que había dejado mis cajas desordenadas y me estaba volviendo loca. Me
ate el pelo en un rodete que daba lastima, todo caído y triste. Giré en la cama
y se desarmó.
Saqué una pierna porque de repente me hacía mucho calor pero en medio
de la oscuridad sentí que me miraban así que la volví a esconder y me tape
hasta los ojos.
Estaba grande para monstruos pero uno siempre esconde una criatura. Así
que no era ridículo que hubiera alguien más en el cuarto. Me miraba, o me
miraban, sentí que cualquier tipo de movimiento resultaría en rebelar mi
posición. Ellos sabían dónde estaba, era inútil tratar de esconderme. Se
acercaban lentamente, sus respiraciones volviéndose pesadas, mi pulso
enloqueciendo.
Pasaron horas hasta que me animé, cerré los ojos y busque rápido con
una mano temblorosa la lamparita de luz. La prendí.
Inútil.
Seguían ahí.
No me decían una palabra, pero me miraban y yo sabía. No hacían
siquiera un sonido pero su silencio aturdía. Yo temblaba entera.
Me pare asustada y corrí hacia las cajas. Las había dejado afuera
porque nadie quiere entrar a una casa y ver sus cajas. Mejor dejarlas en el
fondo, en algún cuarto oscuro y poco usado. Escondidas.
Sabía que tenía que ordenarlas pero no se me ocurría como empezar.
Saqué las primeras y las puse frente mío, con la esperanza de poder
analizarlas:
1. Para
la tristeza.
2. Para
el odio.
3. Para
momentos de aburrimiento.
4. Para
una noche.
5. Para
olvidar.
6. Para
ejercicios.
7. Para
estudiar.
8. Para
sentir superioridad.
9. Para amar.
10. Alejarse a
toda costa.
Salvi estaba en las últimas dos.
No era justo.
Me había descolocado. Había aparecido de repente y de a poco, sin que
yo lo notara, creció en mí. Y un día, sin esperarlo, me dijo que ¿Qué
pasaba si él me decía que me iba a abandonar porque yo le había desordenado sus
cajas? Como
si yo no coincidiera con las descripciones. Me contó que eso podía pasar, que
de repente alguien no sepa si ubicarme con los “Liberales”, los “Románticos” o
los “Cínicos”. Le conteste que estaba loco, que todos
somos de una caja determinada. Quise desordenarle el pelo pero no lo alcancé. A veces me pasa eso,
él no se mueve pero yo igual no lo puedo tocar.
Di siete vueltas a las cajas. Saque personitas de una y las mude a
otra. Algunas no se dejaban, se habían acostumbrado a ser usadas a mi antojo, a
verse con mis ojos. Tache nombres como si de esa forma los borrara para siempre
de mi historia. Y mientras más trataba de ordenar me descubrí casi obsesionada
buscando todas mis cajas, todos mis archivos, toda mi creación.
Eran las cuatro de la mañana y estaba rodeada de “Sarcásticos” y
“Peludos” y “Cobardes” y “Mentirosos” y “Alegres” y “Útiles” y “Olvidos” y
“Estudios” y “Guitarreadas” y “Noches” y…
Y no podía ordenar nada. Me había equivocado. Todas mis
personitas respondían por lo menos a más de un lugar. Yo no tenía cajas mixtas.
Cuando quise devolverlas a su caja original, me miraron cansadas, no hablaron
pero me suplicaron que deje de jugar con ellas. Y yo no podía.
¡Salvi y la puta madre!
Fueron las cinco, y eran las cinco y media. Me dolía la espalda, sentía
mis parpados caer, y me costaba moverme del lugar. Pero apenas mis ojos
descansaban, el miedo regresaba y yo a acomodar (a tratar).
¿Qué tipo de droga era esta?
Tenía mucha hambre. Miedo de estar deshidratada. Pánico de entrar
nuevamente a la casa, de monstruos que me miran. Terror de que amanezca.
Amanecer significa salir, ver gente, criaturas que me miran, que sin caja
están. Se iban a dar cuenta.
Tal vez no era ninguna droga, y era como me contaba él, que a veces las personas
sienten tanto tanto que es más fuerte que diez pastillas juntas, que en
realidad los humanos sienten tanto tanto que se mienten que no y a veces se lo
creen. Yo era una mentirosa también. Y tenía miedo.
De ese mismo miedo se me ocurrió: No
puedo dejarlos encerrados en cajas ¡Les va a faltar el aire! lo iba a decir en voz alta, pero
¿Y si alguien me escuchaba?
De todas formas es verdad. En las cajas falta aire. Nadie vuela ahí
adentro. ¡Y qué triste los pájaros en jaulas!
Se hicieron las siete. Me di por vencida. ¿Cómo iba a salvar yo a toda
esa gente?
Como acostumbramos los "preocupados", me fui a dormir de
madrugada. Me acosté e inmediatamente ellos volvieron. Me miraban, hablaban
unos con otros pero no me dejaban escuchar, quise gritarles que me dejen en paz
aunque no sabía cómo, los observé suplicante desde la oscuridad sintiendo que
me rozaban.
Yo también estaba en una caja. Evidentemente nadie sabía
qué hacer con tantos animalitos.
Y todos movíamos cajas con personitas dentro,
jugando a ser dioses, tan patéticamente terrenales.
De repente me desperté, aunque no estaba dormida y escuche las voces.
Voces que se susurran, o me susurran, que se chocan y se comen, esos alientos
que no me llegan pero existen, las lenguas golpeando los dientes, las
"eses" pronunciadas, las voces acercándose a mis oídos, alejándose de
mis oídos:
Siempre encajando gente. Señores feudales y
campesinos, señores blancos, pactos honorables,
besos en la boca, rituales, esclavos, mujeres, esclavos
niños,
reyes adolescentes, panaderos, políticos, ricos,
millonarios, trabajadores, madres solteras,
niños abandonados, adictos a la droga, adictos al
alcohol, adictos a mentir, homosexuales, pobres, docentes, prostitutas,
obesos, golpeados, heridos, luchadores, modelos,
cantantes, lideres.
Animales que evolucionaron,
de monos a cajas,
cajas que viajan en camiones de mudanzas
con conductores que aprovechan la ignorancia para
decidir sin aprobación
los destinos de los pasajeros,
de cajas que se vuelven conductores.
Y me acordé de Salvi diciendo que me quería. Que me quería tanto que no
sabía que hacer conmigo. Me acordé que me abrazó sin abrazarme hasta que me
faltó el aire y no se me ocurrió ubicarlo en una “caja de abrazos”. Podía
escuchar cómo me decía que no entendía mucho de este mundo en el que vivimos y
no dudé en que era distinto. Sus ideas no eran repetidas ni influenciadas.
Parecía un loco, pero sus palabras sonaban a verdad. Las voces seguían
molestándome pero no me daban miedo, pensaba en Salvi y no tenía miedo. Muy
razonable. Muy. ¿Quién era él que sabía tantas cosas? ¿Por qué sabía que las
cajas no deben encajar personas, que no deben existir y que siempre habían
existido pero en distintas formas? ¿Que antes eran círculos y eran terribles
porque parecían infinitos y ahora son cuadrados que dan miedo por que parecen
políticos? ¿Y qué porque los políticos me dan miedo si son (o eran o serían) un
servicio? ¿Quién era él, que me abrazaba sin abrazarme y me obligaba sin obligarme
a revisar cajas por horas y horas?
Capaz que todos necesitan a alguien como lo necesité yo a Salvador.
Alguien que les diga que las cajas no son cajas. Que las cajas las veo en mi
mente no más, que las tengo que dejar de ordenar, que no existen, que las
rompa, o más difícil: que
las vacíe.
Me elevaron de repente.
Me estaban moviendo de nuevo.
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