Ramé
Es un pasillo oscuro, largo y absolutamente rodeado de
puertas. En alguna de ellas se encuentra una orquesta. Los instrumentos lloran,
ríen, bailan y se enredan. Los violines sangran, gritan, se callan. Se mueven,
dan vueltas, hablan más fuerte, más fuerte, más fuerte y silencio. La orquesta
empieza de vuelta, las flautas saltan, piden ayuda, sonríen con fuerza. Los
violonchelos están enojados, murmuran lentamente mientras se rascan las cejas.
Estoy en el pasillo descalza, mis pies tocan un piso que a
veces es frio y a veces cálido. Rasco las paredes, las rasguño, casi que las
tiro abajo con mis uñas, pero no, los que se rompen son mis dedos. Los quiero acercar
a mi cuerpo, rearmarlos con mi vista, pero estoy girando y bailando con la música
que me guía. Expando mis manos, abro mi pecho, respiro hondo y caigo al suelo. Doy
una vuelta, otra, otra y me paro riendo. Toco las puertas, sigo un ritmo que no
conozco, pero me hipnotiza.
La música imita una lluvia, las gotas que caen con ruido y
se transforman en una sola. De repente yo también soy lluvia, mi cabeza se
mueve de un lado a otro mientras salto sin moverme.
¿De dónde viene esta orquesta? ¿De cuál de estas puertas?
Ahí están las trompetas, luciéndose con su fiesta. Me siento en batalla. Tal
vez lo estoy, porque no estoy muy segura de que es esté pasillo. Y toda esa música
de fantasía, de realidad, de historia, de desgracias y mundo. No sé que hago aquí,
no sé que puerta abrir.
Todas tienen algo escrito, con una tipología distinta y
encantadora. No entiendo ni una palabra, están en quechua, armenio, griego, hebreo, japonés, maldivo, inglés, francés, italiano,
chino, latín, árabe, portugués, ruso… ¿Por qué nunca aprendí ninguno de estos? En algunas puertas hay dos
palabras mientras en otras hay solo una. Tal vez sean la misma palabra traducida,
que se escribe distinto y, seguro, se vive distinto también. Quisiera poder
leerlas, quisiera poder elegir alguna. Pero no las entiendo, es posible que ni
siquiera sean las lenguas que creo, es posible que no sean palabras, es posible
que nunca haya aprendido a leer nada.
Debería escoger una puerta, viajar a otro sitio, pero ¿No es
la cosa más difícil del mundo decidir? Esa presión que viene sobre los hombros,
sobre el pecho como un tambor, como si las decisiones cambiaran absolutamente todo, y sí, lo
hacen. Esa ansiedad de querer que todo pase rápido, que lleguemos a la
parte buena del oboe. ¿Y si es
una equivocación? ¿Y si la respuesta correcta era otra? El tiempo no se puede volver
atrás y decidir una puerta es cerrar las demás. Quiero elegir porque el pasillo
esta empezando a sentirse pequeño y asfixiante, pero de repente ¡Los cornos! Ya
no puedo decidir, escucho como tocan, no me dejan ir, están tan tristes… Así
que me siento en el piso y lloro mientras los cornos me cuentan una historia
triste de resignación.
La música se va avivando, va recobrando fuerza y el pasillo se
vuelve a ensanchar mientras me paro y lo recorro. Cierro los ojos y decido que
si no sé elegir por lo menos puedo dejar que la música siga contándome historias.
Mi cuerpo quiere jugar con ella, quiere presumirle y ser su amiga. Así que la
música entra en mi y... no sabía que podía bailar así. Ni si quiera sé si estoy
bailando, esta expresión que viene de adentro mío, estos giros, las manos que
tocan el aire y lo envuelven mientras que mis pies se mueven, se agachan, dan vueltas,
la cintura que respira y los dedos que van pintando las paredes. La música lo
va dibujando todo mientras mi cuerpo acompaña, mientras el pasillo se ve
recorrido por una explosión de magia.
No lo va a entender nadie, para eso tendrían que escuchar,
que sentir, tendrían que tener tanto miedo a decidir que el miedo mismo se les escape
con un clarinete.
El cuerpo empieza a elegir entre las puertas. Todas las células
que hay en mi me piden y ruegan que seleccione una puerta de mi izquierda. La tocan,
la piensan, mis dedos se le acercan, pero el aire me tira para el otro lado.
Una corriente de viento que me dice que no, que tal vez me arrepienta. Mi
instinto me pide algo, la música medio que lo grita ¿Quién soy yo para negar
esto? ¿Qué si mi cabeza lo quiere callar? Así son todas las decisiones que
importan. Tanta gente en tantos lugares sin saber que hacer, tanta música que habla
y que calla, tanta opinión ignorante, tanto miedo ahogando, tantos “algún
día", tantos ¡Silencio!
Un silencio aterrador, como si el director de la orquesta hubiera
muerto y nadie supiera que hacer. Un silencio que aturde. Un silencio
cautivante. Es uno de esos silencios que sirven solo para que lo venga sea más
fuerte. Miro a mis costados, las puertas parecen moverse, reírse de mi vacilación.
Y de repente la música que explota nuevamente mientras abro la puerta de mi
izquierda.
Abro la puerta con un grito de liberación, abro la puerta
llena de emoción, abro la puerta porque quedarme en ese pasillo era dejar de
crecer y quiero música nueva. Abro la puerta, salto a un nuevo lugar, la cierro
detrás de mí y… ¿Será que nunca hubo orquesta, que estaba dentro mío, será que
me la imagine?
Estoy en otro pasillo.
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